| Un interminable viaje a ninguna parte |
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| por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami |
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Desde que se diera a conocer en 1993 como poeta, con Las puertas de la noche, Carlos A. Díaz Barrios ha mantenido una admirable fidelidad a ese género, y con cierta regularidad nos entrega un nuevo libro. Y digo admirable porque la ha llevado adelante a pesar del sonoro silencio con que la mayoría de sus poemarios han sido recibidos y del injusto desconocimiento que, una década después, acompaña a su poesía. Me imagino que, como muchos otros compatriotas del exilio, ha aprendido, como señaló alguna vez Octavio Paz, que en España y Latinoamérica "las obras mueren dos veces: primero asesinadas por los envidiosos y después olvidadas por el público".
La canción del emigrante (Colección Opus, Edit. La Torre de Papel, Coral Gables, 2000) es, de momento, la última entrega de su incombustible vocación literaria. Se trata de un libro de pocas páginas, como muchos de los suyos, que recoge un único y largo poema en el que Díaz Barrios se acerca a un tema que conoce bien, pero que no trata desde referencias autobiográficas. El sujeto poético al cual presta aquí su voz es un vagabundo que viaja tirado en un sucio tren ganadero, y ha cruzado en él tantas fronteras, que ya se considera universal. Viaja solo, bajo sus uñas "hay tanta tierra acumulada que podrían nacer rosas", y como únicas pertenencias lleva "una libra de marihuana, una lata de Coca-Cola y tres dólares". Símbolo doliente y vivo de una época profundamente marcada por las continuas migraciones y errancias, se define a sí mismo como un producto de "esa industria de latas de conserva y artefactos de plásticos que se llama exilio" y de "esa envidia blindada por el óxido que se llama revolución y produce cáncer".
Ese tren es el único país que posee, por eso no puede bajarse de él. Y como tal, lo conoce muy bien: casi de memoria sabe que la locomotora la conduce un negro fogonero llamado Jack El Destripador; que en el primer vagón van doce putas y un piano blanco destinado a un burdel de Tijuana; que en el segundo va un loco que "juega al póquer con estampitas de santos"; y que los restantes están llenos de reses fosforescentes colgadas de inmensos ganchos, de "vacas levitando con los ojos podridos". Esa atmósfera de pesadilla, como si la realidad estuviese vista a través del humo de la marihuana o bajo los efectos del mescal, recorre todo el poema, que está así repleto de imágenes y personajes alucinantes: un chamán que se tatuó en el pecho la Vía Láctea; un río todo cubierto de adelfas; una muchacha que se aprendió todas las canciones de los Beatles; una habitación donde alguien está friendo una paloma con plumas ("y esa persona desesperada sabía quién era Shakespeare"); un ángel que cruza la frontera con un árbol de navidad, "por si acaso"; una mujer que arrastra un inmenso altar con la Virgen de Guadalupe; un ciego que pide limosnas sobre una especie de tabla de planchar con ruedas; una ciudad cuyas casas están llenas de ratas y niños melancólicos; Dios que va arrastrando el esqueleto de un perro; un asilo de enanos y locos; un fantasma que tenía en el pecho un cartel que decía Patria y visita todas las noches al emigrante. Todo eso aparece articulado en un discurso de tono narrativo, en el cual conviven en asombrosa armonía la crudeza de la realidad social y las fulguraciones líricas, el sesgo reflexivo y la cotidianidad más aparentemente sin relevancia, el imaginismo surrealista y la escritura de línea clara. Al igual que supo recrear, en buena y elaborada poesía, la llegada de los españoles al Nuevo Mundo o el mito de Ícaro, Díaz Barrios ha sabido acercarse a un asunto tan proclive a desembocar en la hoy denostada literatura social o de denuncia y logró convertirlo en un texto de gran belleza, vuelo imaginativo y fuerza poética. Asimismo, y a diferencia de libros como Oficio de responso, La claridad del paisaje, Las puertas de la noche o La canción de Ícaro, que admitían el que algunos fragmentos se aislaran y pudieran ser leídos como poemas breves cerrados en sí mismos, La canción del emigrante es, por el contrario, un texto unitario que no admite la separación de ninguna de sus partes y que debe ser leído como tal.
Estamos, en fin, ante una obra de perturbadora hermosura, ante uno de esos libros a los cuales no cuesta ningún esfuerzo entrar, que nos atrapa desde las primeras líneas para no soltarnos hasta ese final desolador y amargo, en el que dejamos al emigrante en su interminable viaje a ninguna parte, con las "manos vacías y sin brazos esperando el higiénico empujón de la derrota".

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