Lunes, 23 septiembre 2002 Año III. Edición 456 IMAGENES PORTADA
Con ojos de lector
Muerte sin falsos dramatismos

por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami  
Libros

Con la lectura de libros sobre los cuales no poseo la más mínima referencia, me sucede lo que a Jorge Luis Borges con la lectura de las enciclopedias: me incita la cuota de sorpresa que puede deparar, la incertidumbre de no saber qué aguarda en esas páginas. Hay que contar siempre, es cierto, con la decepción que produce el invertir en ello un tiempo que luego no vemos retribuido; pero eso forma parte del encanto de descubrir por uno mismo nuevos autores y nuevas obras, sin que medien la opinión de un crítico respetable o la recomendación de un amigo. En ese sentido, la reciente lectura de ¿Dónde está La Princesa? (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2000) ha sido una de las experiencias más gratificantes que he tenido en los últimos meses.

Las razones que me llevaron a leer esta noveleta de Luis Cabrera Delgado tuvieron que ver, ante todo, con mi vieja pasión por la literatura para niños y jóvenes, un género que no goza del aprecio de muchos escritores y críticos, pero que cuenta con la fidelidad de unos lectores que ya quisieran para sí muchos creadores de libros para adultos. Nada sabía sobre el autor, salvo lo poquísimo que se dice en la escueta nota de la contraportada: que nació en Jarahueca en 1945. Hoy sé sobre Cabrera Delgado algo más que cuenta mucho: es alguien cuya trayectoria literaria habrá que seguir con atención.

¿Dónde está La Princesa? aborda un tema tan poco usual en las obras para adolescentes como lo es el de la muerte. Y lo que es más admirable, lo trata de modo que, sin quitarle seriedad ni trivializarlo, le permite incorporar la fantasía y el humor y conseguir que el lector cierre el libro con un saldo moderadamente optimista. El núcleo temático a partir del cual se articula la historia son los esfuerzos de Germancito por reencontrarse con su madre, cuyo fallecimiento ha dejado en él un profundo vacío que su padre y sus amigos tratan de llenar con atenciones. A la audacia de tratar un asunto tan poco usual en la narrativa juvenil, Cabrera Delgado suma la de incorporar el dramático tema del sida. La Princesa, nombre con el cual era conocida la mamá del niño, falleció a causa de ese virus, que también acabará con las vidas de Bamboleo, Le Monde, Vidatriste y Medellín. Germancito asiste al proceso acelerado de la enfermedad de sus amigos, y aprovechará cada una de sus muertes para acompañarlos en su último viaje y tratar de hallar a La Princesa. Sólo a través de la mente fantasiosa de un niño se puede emprender un viaje al mundo de los muertos y extraer de ello dosis de un humor que nunca es facilista ni desmedido. Algo que hubiese trivializado un asunto tan profundamente serio.

Desde la llegada de Vidatriste al Reino Celestial, la noveleta va trazando una imagen no precisamente ortodoxa de aquel sitio. En lugar de la música, la luminosidad y la procesión de arcángeles, santos, vírgenes y mártires que la joven se había imaginado, es recibida con un prosaico y muy terrenal "en orden y con los documentos en la mano", dicho en tono poco amable por San Pompeyo. Los personajes descubren que es un Paraíso en el que hay cafetines de mala muerte, barrios bajos, espíritus que toman cerveza, fuman y juegan dados, santos venidos a menos, funcionarios, policías y un Centro de Reencarnación Rápida para difuntos desesperados. Y lo más importante, que es un Paraíso que se rige por reglas, y en el cual existen diferentes categorías sociales o, mejor dicho, espirituales. Pero insisto, nunca es un humor facilista ni excesivo, sino un recurso que Cabrera Delgado utiliza de modo inteligente para evitar que la historia resulte demasiado patética o desemboque en la sensiblería.

Otro acierto de ¿Dónde está La Princesa? es su recreación de un mundo marginal que tampoco es frecuente hallar en las obras para niños y jóvenes. El autor presenta una galería de variopintos y pintorescos personajes: Medellín, que distribuye y consume drogas y se autodefine como "repartidor de sueños a domicilio"; Le Monde, quien desde niño tuvo que ganarse la vida como vendedor de sueños a domicilio y adquirió la costumbre de tatuarse el cuerpo con titulares de noticias; Bamboleo, cuya innata vocación por el ballet se vio frustrada cuando fue a una prueba de aptitud, lo cual lo llevó a intentar suicidarse, a comer desaforadamente hasta convertirse en un barril de manteca y a hacer el amor con cualquiera para tratar de contraer el sida; Vidatriste, cuyo apoyo resume una corta existencia marcada por los maltratos, la falta de cariño filial, los abusos sexuales y la presencia constante de la muerte. El autor, no obstante, se exime de emitir juicios morales sobre esos personajes, y en su acercamiento a ese mundo sabe ver y destacar, por el contrario, los valores humanos.

La noveleta está narrada con limpieza y buen oficio. La historia se desarrolla con fluidez y posee los mecanismos indispensables para que el interés y la atención no decaigan. Cabrera Delgado demuestra saber que una de las reglas de oro del género es que la presencia del autor debe quedar omitida en tanto elemento de significación. Logra, además, un difícil equilibrio entre alegría y dolor, entre fantasía y realidad, que se mantiene a lo largo de todo el libro, hasta llegar a un desenlace estremecedor en su laconismo. En suma, una obra realmente singular que, pese a la poca atención con que ha sido recibida (hasta donde conozco, sólo Víctor Fowler se ocupó de comentarla, y por supuesto, no figuró entre los Premios de la Crítica), representa una notable aportación a la narrativa para adolescentes.


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