| Narraciones transgresoras |
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| por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami |
Parte 2 / 2 |
La primera etapa de esta tarea renovadora cubre al ciclo de las "novelas gaseiformes": El laberinto de sí mismo (1933), Cresival (1936) y Anteo (1940), que Labrador Ruiz denominó "triagonía" (Reinaldo Arenas retomaría décadas después el término en su pentagonía). Y en efecto, se trata de tres variaciones sobre la agonía de la existencia, sobre la lucha del ser humano contra su entorno y contra su propio destino. Como bien se expresa en Anteo, "no en balde vivir no es más que descuartizarse". Los idealistas y solitarios protagonistas de las tres obras tratan de liberarse de un medio en el cual se sienten prisioneros, y para ello no encuentran mejor salida que la evasión y el sueño. Comparten, además, el tener unas aspiraciones (en dos de los casos, literarias) que la incomprensión y las burlas del ambiente hostil se encargan de frustrar y destruir. Asimismo, en esos textos hallamos una desazón vital en la que los críticos han visto un anticipo del existencialismo que, años más tarde, irrumpirá en la literatura europea.
Estamos, por otro lado, ante novelas que desdeñan deliberadamente la subordinación al tema, la trama, los personajes diferenciados sicológica y externamente, la realidad ambiental y el dramatismo de las situaciones. A esto se suman otras técnicas cuyo propósito evidente es distorsionar la realidad: saltos temporales, recursos cinematográficos, circularidad (Anteo comienza y termina con el entrenamiento de Anteo Londoño en el cuerpo de bomberos), flujo de conciencia, monólogos interiores, narradores que pasan del yo al nosotros e introducen diferentes perspectivas, relatos interpolados, retrospectivas, onirismo, fragmentación. En resumen, un proyecto que dio un giro de 180 grados a la narrativa cubana y que anticipa muchos de los elementos formales que después adoptará como patrones estéticos la nueva novela latinoamericana de los 60 y los 70.
Con La sangre hambrienta (1950), Labrador Ruiz inicia el ciclo de las "novelas caudiformes", que debió completarse con otros dos textos que al parecer escribió, pero no llegaron a ver la luz, El ojo del hacha y Custodio de la nada. Por primera vez incorpora escenarios y caracteres vernáculos, con un tratamiento cercano al costumbrismo. Al respecto, él, no obstante, prefería matizar ese supuesto desdén suyo por las temáticas cubanas, y comentó que los personajes de su "triagonía" son "criollos que no se apresuran a estarlo gritando en todas las esquinas". En todo caso, cabe añadir que la recreación de la vida en un pueblo del interior, el color local y el empleo de modismos y dicharachos del habla popular, no lo llevan a caer en el criollismo más manido. Ante todo, porque se trata de una realidad que aparece muy estilizada y que Labrador Ruiz refleja desde una mirada oblicua. Se mantiene además el conflicto entre realidad y fantasía, presente en ese juego entre el duro entorno y el mundo onírico que cada uno de los protagonistas de los tres relatos se crea. Y a través de uno de ellos, Estefanía, el autor reincide en los seres humanos a los que las circunstancias ambientales adversas les han impedido materializar sus sueños.
Esa particular imagen de la existencia en los pueblos de provincia alcanza sus cotas más altas en su producción cuentística, recogida en Carne de quimera (1947), Trailer de sueños (1949) y El gallo en el espejo (1958). En muchas de esas narraciones, Labrador Ruiz recreó como nadie el ambiente parroquial chato y ruin, la maledicencia, la vida gris y monótona y la abulia de esos grandes infiernos que son, en cualquier país, los pueblecitos de provincia. Con sutil penetración sabe revelarnos un mundo gris, melancólico, poblado por seres que se aferran a sus ilusiones para llenar su vacío existencial. A modo de ejemplo, ahí están las protagonistas de esos dos excelentes cuentos que son Conejito Ulán y El gallo en el espejo, para quienes el conejo y el gallo representan, respectivamente, el símbolo del afecto que ambas tanto anhelan. A pesar del tono desenfadado y burlón que permea a esos textos, Labrador Ruiz sigue a sus criaturas con ojo amoroso y melancólico, y hasta se trasluce que siente por ellas una secreta ternura.
Un siglo después de su nacimiento, los libros de Enrique Labrador Ruiz están ahí, como un reto, en espera de que se les dé el justo puesto que deben ocupar en nuestra literatura. Y, sobre todo, en espera de que se les relea o, sencillamente, se les lea. Algo que, en especial, van a disfrutar aquellos que, como pedía su autor, "no han olvidado leer a fondo, es decir, por sobre todo lo que impide encontrar el sustrato de la lectura".
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