Lunes, 01 octubre 2001 Año II. Edición 203 IMAGENES PORTADA
El criticón
Alegoría del dolor, metáfora de la libertad

Desde México, Erik García basa su obra en el lenguaje del sufrimiento.
por DENNYS MATOS Parte 1 / 2
La sangre marca
La sangre marca el camino (Erik García)

Aristóteles decía que los sonidos emitidos por la voz eran símbolos de los estados del alma. Esto parece suceder también con los colores respecto a la pintura, o las notas respecto a la música. Pero la viva expresión de estos estados depende tanto de la voz, los colores o las notas musicales, como de la intención y el matiz espiritual de quien controla y emplea estos lenguajes. De ahí que toda obra de arte tenga, en mayor o menor medida, una  naturaleza alegórica. Ello quiere decir que posee dos sentidos de significado, uno en el plano literal de la expresión y otro que brota de los objetos y las cosas a las que designa o hace referencia esa literalidad.

La obra de Erik García tiene en la alegoría una estrategia discursiva, basada en el lenguaje del sufrimiento del que hablaba Adorno. Práctica que viene empleando sistemáticamente desde su exposición Sólo lo que no deja de doler permanece en la memoria (1992), Palacio Minero, México, D.F., donde se muestran obras de superficie visual que recuerdan el modo iconográfico de iluminar propio del arte medieval y gótico. Dentro de este ciclo también están las exposiciones La sangre marca el camino (1995) y Anais Gallery (1998). En ellas el autor recurre a temáticas codificadas en clave cristiana, como las obras La decapitación de San Juan Bautista, La tierra prometida, El diablo dentro del cuerpo y El sacrificio de S.J, entre otras.

A primera vista pueden pasar como recreaciones de tópicos y pasajes cristianos. Sin embargo, estas imágenes, en su función alegórica, son puente de acceso a un segundo y fundamental objeto del discurso pictórico. Aquel que sitúa al hombre como pasto del hombre, enfrentado por voluntad propia o divina a su origen y a la historia, al dolor de vivir y al temor de la muerte. Un destino oscuro y salvaje, tan salvaje y despiadado como su propia naturaleza. Dios es al cielo lo que Satán a la tierra, por eso la salvación no es humana, ni su lugar es el reino de este mundo. La redención se torna entonces en dolor, y el sacrificio que exige la purificación de las almas pecadoras se trastoca en espiral de crueldad infinita contra el prójimo y contra uno mismo. Algunas de estas obras guardan cierto paralelismo con Los cantos de Maldoror del Conde de Lutréamont, encarnación misma del inconmensurable dolor y del sufrimiento de quien maldice su nacimiento en tierra tan hedionda y miserable. Héroe perturbado por una mezcla de odio y amor inmenso, sacia su sed desgarrando el tierno pecho de los infantes para chupar su sangre. Un poco a semejanza de como ilustra Erik El sacrificio de S.J. en la que dos hombres al tiempo que rajan a su prójimo, le beben la sangre.

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