| El hundimiento del Titanic |
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| En torno al Premio Príncipe de Asturias 2002. Hans Magnus Enzensberger, George Orwell y Cuba. |
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| por JORGE A. POMAR, Colonia |
Parte 2 / 3 |
El acoso a que lo someten los sabuesos de la Seguridad, la paranoia que registra a su alrededor y la desastrosa situación económica acaban por persuadirlo de que también el flamante bote salvavidas del socialismo caribeño navega inexorablemente hacia el naufragio que él mismo anunciará en los versos brechtianos de El hundimiento del Titanic. Un año antes —refiere el profesor Martin Franzbach en un revelador artículo sobre las actas secretas de la Stasi— "...en fecha 01-06-77 la parte cubana solicitó material sobre Hans Magnus Enzensberger 'por colaboración con un escritor cubano que realiza diversionismo político-ideológico'". En efecto, Enzensberger afirma haber empezado a escribir el poemario en La Habana y es muy probable que Padilla, por entonces aún retenido en la Isla, ya hubiera comenzado la versión española del texto. En todo caso, los meses de estancia en la capital cubana entre 1968 y 1969 significaron para él la misma experiencia vital definitoria que para George Orwell la ciudad de Barcelona en 1937 y la despiadada persecución estalinista contra los anarquistas catalanes y contra él mismo como internacionalista reclutado por los trotskistas del PLN (Partido Laborista Independiente inglés) y asociado al POUM.
Puede que el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades recibido este año por este incorregible "alfabetizador político", este agitador didáctico de las barricadas estudiantiles del 68, sea el primero concedido a un genuino discípulo de Orwell. Para más señas, la coincidencia con el incómodo autor de Homenaje a Cataluña resalta en el hecho de que —a contrapelo de la leyenda negra sustentada hasta hoy contra ellos por una izquierda nostálgica y recalcitrante—, Enzensberger tampoco haya tenido a menos reivindicar polémicamente el papel de los anarquistas en la Guerra Civil española en una novela titulada El corto verano de la anarquía: vida y muerte de Buenaventura Durruti (1972).
Y es que este enfant terrible de la mítica Generación del 68 concibe la literatura como un compromiso permanente con la incorrección política, es decir, con la verdad desnuda, duélale a quien duela y sírvale a quien le sirva. Eso lo convierte en un equilibrista ideológico que se mueve siempre sobre la resbalosa cuerda floja del eje izquierda-derecha, liberalismo-conservadurismo. De ahí que muchas de las frases y conceptos acuñados por él se presten a causas contrapuestas, una suerte que también han corrido textos de Orwell como Rebelión en la granja, a menudo interpretado en Occidente de manera harto unilateral, exclusivamente como una fábula anticomunista. Por ejemplo, en una edición reciente, La Jiribilla —órgano digital del Ministerio de Cultura de Cuba— no tuvo empacho en insertar un artículo del escritor mexicano Carlos Fazio donde éste hace uso de las nociones de "idiotización", "manipulación" y "simulación" al estilo de Enzensberger, cuya paternidad reconoce. Significativamente, en su barraje contra los medios masivos occidentales Fazio menciona y saquea también a Orwell (e incluso a Huxley).
Cáustico como para él solo, el francotirador bávaro arremete sin piedad a diestra y siniestra del espectro político. Con todo, clasifica como un socialista democrático, una filiación hoy un tanto desvirtuada pero asumida en su momento como única alternativa posible por Orwell en el ensayo Por qué escribo (1947). Enzensberger conjura de este modo el riesgo de caer en el nihilismo apocalíptico (el símil del Titanic es sólo una voz de alerta), confiriéndole un matiz progresista a su condena al neoliberalismo y la sociedad de consumo, su desacralización de todas las utopías y su renuencia a aceptar cualquier inflexibilidad en materia de ideas y principios. En una palabra, reivindica el derecho permanente al trial and error, al cambio de vía y criterio cada vez que así lo exija la escurridiza realidad objetiva. Insiste en este último punto con mil sentencias: "Quien habla de fidelidad a los principios ha olvidado ya que sólo se puede traicionar a personas, no a ideas", "La buena causa, cualquier buena causa, se vuelve falsa tan pronto la pensamos hasta sus últimas consecuencias", "Desde luego, no siempre es agradable despedirse de la propia infalibilidad", etcétera.

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