| Beethoven en Mantilla |
|
| ¿Dónde está el poeta Iván Gerardo Companioni? |
 |
| por RAúL RIVERO |
|
Lo admirábamos con una especie de rabia benigna que, como se sabe, es ya un sentimiento emparentado con la envidia.
Lo queríamos, pero no desesperadamente. Lo teníamos como uno de los nuestros y él no era, no es de nadie.
El poeta Iván Gerardo Companioni, uno de los firmantes de el manifiesto de El Caimán Barbudo en los años sesenta del siglo XX, sigue su vida libre en La Habana, sin encontrarse con otros escritores, en las profundidades de la ciudad y de la poesía.
Sí. Wichy Nogueras, que era talentoso, bello y limpio, le tenía envidia, y lo envidiaban Jesús Díaz, Orlando Alomá y Guillermo Rodríguez Rivera. Yo lo envidio todavía.
Como nadie podía escribir como él, nos aprendíamos sus versos, que eran desaforados y tiernos. Que eran duros y arrítmicos y le sabían a uno como boleros de borracho traicionado por el gran amor de su vida:
Cuando estés con él / acuérdate que fui yo / el que arregló la pila del agua / el que puso la bombilla del baño / y el que te enseñó a disfrutar / la quinta de Beethoven.
Eso decía el poeta en un recital y se iba solo hacia las esquinas más oscuras de La Habana, sin pasar por la tertulia de Coppelia, ni por el Wakamba con Víctor Casaus y Sigifredo Álvarez, que también lo envidiaban.
Aparecía poco y siempre tenía prisa. Trabajaba de operario en una fábrica de capas de agua o algo de eso, nunca supimos exactamente dónde vivía ni los nombres de esas mujeres despiadadas que lo abandonaban sistemáticamente para que tuviera que escribir cosas como esta:
Esta noche sigo solo / mientras tú / destrozas mi putañero corazón / en algún matadero de Mantilla.
El problema es que lo decía todo y creo que fue el primer poeta cubano que sentó a Carlos Marx en el malecón y en un texto memorable, llamado Conversación con El Moro, le contó cosas de la vida nuestra.
Podía ser muy violento y convertir de repente un poema de amor en un escándalo público. Podía, sí señor, bajar por unos versos tersos y dulces hasta caer en esta propuesta pragmática y lujuriosa:
La vida es algo más que papita frita / vamos vidita / vírate.
Ya no me encuentro nunca con Iván Gerardo Companioni en la calle Neptuno, ni en ningún otro sitio de la ciudad. Sabemos que está aquí y que debe tener bajo la cama de su cuarto sin dirección todos los poemas de estos años de silencio y olvido.
Ojalá vuelva pronto el poeta con sus historias para instalarse en el lugar que le pertenece en la poesía, y para regocijo de un grupo de envidiosos que le quiere.

|