Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Cultura
Abandonar Miami fue como irme definitivamente

por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami  

Con la publicación, en 1997, de Vicio de Miami, Néstor Díaz de Villegas inició una recreación poética de esta ciudad tan vilipendiada en la que él, sin embargo, encontraba “suficiente encanto como para ocupar el resto de mis días cantándola”. Vino después Confesiones del estrangulador de Flagler Street (1998), sin dudas su mejor poemario, en el que la vida de un balsero se entrecruza con la de una prostituta norteamericana a la que termina asesinando salvajemente. Díaz de Villegas se aparta del Miami más folclórico y turístico y se sumerge en su lado más marginal y sórdido, en unos círculos infernales que hasta entonces nadie había explorado. Con su poesía, la literatura escrita fuera de la Isla, que a menudo peca de demasiado apacible y monótona, recibió una frescura, un desparpajo y un tono trasgresor que, tras la muerte de Reinaldo Arenas, se echaba de menos. Mas he aquí que hace varios meses, para sorpresa de muchos, Néstor Díaz de Villegas abandonó Miami y se radicó en Los Ángeles. ¿Supone eso que una etapa de su labor creativa ha concluido y comienza otra nueva? Demos la palabra al propio escritor para que nos comente las razones del cambio.

Néstor Díaz
Néstor Díaz de Villegas
(Pedro Portal)

Con tu cambio de domicilio a Los Ángeles, has dejado a Miami sin uno de sus mejores cronistas. ¿Echas de menos a la ciudad a la que has dedicado tantos poemas?

Viví veintiún años en Miami. Me establecí en esa ciudad fluvial en 1979, luego de pasar cinco años en las prisión de Ariza. El Altísimo, ¡bendito sea su nombre!, me permitió sobrevivir a la Revolución y a la Plaga y me ofreció allí un albergue donde escribir mis libros. Conocí otra Miami –la del Parque de las Palomas y la de “Trece Botones”– que nada tiene que ver con ésta de hoy. Después de tantos años de ser una presencia en sus calles me reconocen lo mismo en Vietnam que en Ponce de León. Con el paso del tiempo hasta llegué a disfrutar de cierta celebridad de pacotilla entre los delincuentes y entre los diletantes por igual. Ya era hora de move on. Abandonar Miami fue como irme definitivamente de Cuba.

En cuanto a Los Ángeles, ¿crees que será capaz de inspirarte como antes lo hizo Miami? ¿Qué rasgos diferencian a ambas ciudades?

Los Ángeles es una ciudad melancólica. Miami tiene la energía neurálgica del crack. Cuando me proyectaba hacia el oeste en el ómnibus de Grayhound, hicimos una escala técnica en el Valle de los molinos de viento. En el televisorcito de una cantina desértica estaban pasando ese episodio de I Love Lucy en el que Ricky Ricardo canta California here I come. Entendí que California era la tierra de Amadís de Gaula, que penetraba un territorio sagrado para la literatura y para el cinemascope. Ya tenía el tema de mi próximo libro.

Recuerdo que poco antes de irte a Los Ángeles te referiste con mucho entusiasmo a un libro sobre el Marqués de Sade que acababas de terminar. ¿Quieres hablarme acerca de ese libro?

Donatien Alphonse François, Marquis de Sade, fue el gran poeta de la Revolución y el dramaturgo más importante después de Calderón y Shakespeare. El bardo dijo: Life's but a tale told by an idiot, pero el divino Marqués encarnó a ese idiota y lo representó en un manicomio napoleónico. Sufrió en la Bastilla una condena igual que la de Segismundo. Se me ocurrió entonces que Sade era el personaje idóneo para construir una secuencia de sonetos donde pudiera retomar mis temas favoritos: la Revolución, el libertinaje, el relajo con orden, el gran teatro del mundo, el eterno retorno de lo mismo.

Y una última pregunta: ¿en qué proyecto literario trabajas en la actualidad?

Actualmente escribo una noveleta: Café Neuralgia.


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