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El poeta Joseph Brodsky conseguía excitarse sexualmente, en la Rusia de Stalin, frente a una pintura del más puro realismo socialista titulada Admisión en el Konsomol.
Brodsky, ganador del premio Nobel de 1987, confiesa que una muchacha rubia que aparecía en el primer plano del cuadro dejaba ver seis o siete centímetros de muslo, pero que el reclamo animal estaba en el contraste de la piel con el vestido marrón de la modelo.
Aquella sociedad, como la nuestra desde hace cuatro décadas, la regían severos burócratas que proponían unos cauces en materia de relaciones sexuales, que ellos mismos desbordaban con alegría a la salida de los actos públicos.
El escritor ruso, con toda su imaginación, no puede deslumbrar a casi nadie en esta isla donde la población se ha duplicado, a pesar del amianto en la cubierta de los manuales, la censura, la libreta de racionamiento y la acción de los CDR contra las aventuras furtivas.
Es cierto que la densidad de la doctrina socialista ha conquistado algunas mentes y les ha puesto cercos y contenciones para que sean esas personas —en el momento oportuno— los símbolos de la indignación moral.
Tengo, sin embargo, un amigo escritor que se erotiza con las calabazas chinas, sólo que como no ha ganado el Nobel le falta valor para contarlo.
Otro, que vive en el exilio, necesita, para hacer el amor con su mujer, una gorra de pelotero del club Almendares y una señora que se considera compositora y arreglista, alcanza la plenitud exclusivamente con hombres uniformados.
El asunto es que ahora la prensa oficial, en un afán por divulgar aspectos científicos, dedica espacios al tema del sexo y ha abierto secciones para que los lectores puedan hacer preguntas, resguardados en el anonimato.
La televisión también da algunos pasos en ese sentido siempre con un poco de solemnidad importada de Corea y rostros adustos de científicos fatigados para que todo cierre bien.
Un periódico en su columna de consultas —por cierto, aparece a lo largo de la página en forma de preservativo— recibe inquietudes de jóvenes que para explicarse exteriorizan sus preferencias y describen situaciones, que comienzan a hacer de esas líneas de dudas, el delirio de una oscura, pero creciente masa de lectores.
Eso es pornografía encubierta, dicen los viejos. No, no, es literatura seudocientífica y, por lo tanto, perjudicial, opinan otros expertos por cuenta propia.
Nada de eso. Es bueno que se hable abiertamente de los problemas, afirman unos mal disimulados aficionados a las nuevas secciones.
De todas formas, es un terreno de interés humano, un punto raro en un país donde sólo un canal de televisión es más aburrido que el Seis: el Dos. Donde están prohibidos Internet, las revistas y los periódicos extranjeros. Donde los libros pasan por los microscopios del Partido y, para desgracia de muchos, están censuradas desde hace años las láminas stalinistas que enloquecían a Brodsky.

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