Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Raúl Rivero: Favorables
Rumores enemigos

El elevador parecía una locomotora vertical empotrada en el edificio de la calle San Miguel, justo al fondo de J.Vallés.

Un viejo que hacía subir y bajar aquella máquina negra fue quien le dio la noticia a José Cemí. Opiano Licario –dijo– ha ido a visitar al canciller Un y, de paso, le ha llevado un heliotropo a Proserpina.

Así anuncia José Lezama Lima la muerte de su personaje y, con esas claves remotas, desliza en una atmósfera de noble misterio las ceremonias finales de la vida humana.

Este verano hace 25 años que él mismo inició esa visita. Partió de Trocadero 162, serio y callado, envuelto en uno de sus trajes grises y gastados con los que se podía tapar, al menos, el sol de Centro Habana.

En ese viaje, junto al heliotropo, llevaba seguramente la memoria de todas las batallas perdidas en su travesía por la ciudad que convirtió, con su obra, en un cosmos privado, del que sólo se saldría para entrevistarse con el Sr. Nu.

La muerte de su padre en Pensacola, Estados Unidos, lo había convencido de la sorprendente y atroz hermandad entre viajar y morir.

José Lezama Lima cargaba también, junto a la flor y las tribulaciones, un mapa azul con su trayectoria de carencias, incomprensiones y soledades y otro, que cabía en la palma de su mano, con la devoción y el afecto de unos amigos.

Después de la conversación con el canciller estaba la gloria y, allá, en la lejana existencia terrenal, el tiempo, para que la leyenda se asentara y su nombre liberado ya del cuerpo empecinado y terco, de los molestos resplandores de la honestidad y la entrega, pudiera aparecer como el portador del lujo de los detalles de su prosa y su poesía.

Es cierto que el poeta de Dador no era un ángel y que sus enconos y dardos verbales hirieron y pueden seguir congelados en ciertas llagas, pero los verdaderos poetas, se dice, deben ser seres más cercanos a la confusión y al fuego que a la beatitud y la pureza.

Queda por ahí aquella anécdota donde Lezama, ante la caótica situación del país donde vive, se describe a sí mismo entregándole las llaves de la ciudad a un político batistiano. O aquélla otra, en la que llama a un joven poeta y le afirma que lo mejor del libro que le dio hace unos días para que lo evaluara, es una cita de la Biblia.

La del antimperialista, en la que el poeta, de cuello y corbata y sus casi 300 libras, se dispone a esperar una invasión enemiga con una "forifai en la mano de azotea en azotea".

Nada más. Hace un cuarto de siglo que murió Lezama. Su casa museo está cerrada porque queda en la zona ruinosa de la ciudad y no tiene interés turístico. Mucha gente ha ido al cementerio esta semana.


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