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El problema racial en la cultura cubana
Cualquiera que haya leído completo El canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas sabe que entre los veintiséis escritores de todos los tiempos, estudiados por Harold Bloom, no hay ningún cubano. Sin embargo, en el acápite 21, dedicado a Hispanoamérica, se habla de tres "fundadores": Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y Alejo Carpentier. Y, más adelante, se mencionan tres "poetas de importancia internacional": César Vallejo, Octavio Paz y Nicolás Guillén. De modo que los dos únicos escritores cubanos incluidos plenamente en el canon occidental de Bloom, como representantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX, son Carpentier y Guillén. Al final del libro, en un catálogo de obras y autores, que conforma la circunferencia de ese núcleo de veintiséis canónicos, aparecen cuatro cubanos y los cuatro como novelistas: José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Esto nos lleva a la simple conclusión de que a juicio de Bloom —vía Roberto González Echevarría— los dos autores cubanos propiamente canónicos son Carpentier y Guillén. ¿Por qué? Por dos razones: la definición de lo "canónico occidental" y su funcionalidad en el espacio literario hispanoamericano. Un autor canónico, según Bloom, es aquel que logra una obra de "extraña belleza", a partir de una agonística personal con su tradición y que, a la vez, proyecta una "sombra", abre un campo de significaciones y deja una "estela", o "ansiedad de influencias", en la literatura que lo sucede. El caso de Carpentier es demasiado evidente por esa matriz narrativa que suscita en América Latina, entre los años 60 y 80, y que ha estudiado a cabalidad González Echevarría en The Pilgrim at Home. Pero el caso de Guillén es menos conocido y, como reacción a su oficialismo revolucionario, ha sido francamente maltratado —salvo las raras excepciones del propio González Echevarría y Antonio Benítez Rojo— por la nueva crítica literaria cubana. Nicolás Guillén entró en la poesía cubana con dos cuadernillos impactantes: Motivos de son (1930) y Sóngoro cosongo (1931). Como reconociera, antes que nadie, un intelectual de la derecha machadista, Alberto Lamar Schweyer, la virtud de aquellos versos era la transcripción lírica del habla negra, con cadencia sonera y retórica castiza. Poemas como Si tú supiera..., Tú no sabe inglé o Velorio de Papá Montero adaptaban giros de Góngora, Lope de Vega, Simón Aguado y otros poetas del Siglo de Oro, al castellano del negro cubano postcolonial y a la rítmica de la guaracha, el son y la rumba. Las analogías más socorridas, en la crítica de entonces, fueron el Romancero gitano de Federico García Lorca y El negro habla de los ríos de Langston Hughes. Esa tal vez haya sido "la angustia de influencias" que sintió el joven Guillén. Pero la que él deja, dentro y fuera de Cuba, es mucho más nutrida: Regino Pedroso con Nosotros (1933), Emilio Ballagas con su Cuaderno de poesía negra (1934), José Zacarías Tallet con Negro ripiera, La Rumba... y hasta el puertorriqueño Luis Palés Matos con su notable y hoy muy releído Tuntún de pasa y grifería.
Camellos y nacionalistas árabes Un canon, un gran canon Nuevas consideraciones desde una 'capilla sombría' La negrofobia del letrado sin tradición ¿'Modus ponens' o 'modus tollens'? Andanzas demoníacas Neurosis y tradición Buscando la llave del problema racial El negro problema de un blanco Antes del debate: (del 'modus ponens' como fundamento de la cultura) Demonios culturales |
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